IMÁGENES TERCERA ENTRADA DE TOROS Y CABALLOS DE SEGORBE
DURACION: 59 segundos
CABALLISTAS:
Alfonso Alandí, Patxi Guerrero, Ramón Ardít Picó, Juan Andrés Lázaro, Andrés
Berbís, Pablo Fortea, Carlos Guillén, Sergio Carot, Esther Puchol y Roberto
Fernández.
GANADERÍA:
Germán Vidal.
Tal vez no haya animal más dócil e imponente que el
caballo. Su humilde hace que al mirarlo te dé la sensación de que hará lo que
le pidas sin rechistar. Su elegancia no puede ser mayor, a no ser que fuera
capaz de darnos la bienvenida a su cuadra con una pirámide de bombones. Pero
que nadie se equivoque, los equinos también son capaces de intimidar cuando la
situación lo requiere. Esa sorprendente mala leche que nadie imaginaria sale a
relucir en contadas ocasiones y la Entrada de Segorbe es una de ellas.
Durante el tercer encierro de la semana, celebrado
ayer, hubo un par de caballos que convirtieron a un toro más bravo que un
trueno en una simple y silenciosa gota de lluvia. Lograron que un astado que
parecía capaz de comerse la calle Colón acabara corriéndola a sorbos, como si
estuviera tomando una taza de café. La valentía y pericia de los jinetes fueron
fundamentales pero estos corceles pudieron demostrar que su especie no es tan
bobalicona como a veces se piensa.
Y eso que ayer tuvieron que ingeniárselas para que
no se notara que había tres menos de lo que suele ser habitual. Diez equinos
tuvieron que cuidar más que nunca los espacios debido a bajas de ultima hora
por causas personales o veterinarias.
No fue indulgente con esta circunstancia el rival.
Un toro colorado manchado de blanco, como si alguien hubiera querido borrar su
nobleza con un poco de tipp-ex, salió de los corrales a toda velocidad. Su
impetú en la calle Argén, ese angosto pasadizo que los seis morlacos de Germán
Vidal realizan en solitario, hacía presagiar de nuevo un encuentro desordenado
con los caballos en la plaza de los Mesones. Al girar la esquina que une ambas
vías, derrapó como si fuera un Fórmula 1. Sus hermanos ya tuvieron bastante con
intentar seguirle a pocos metros de distancia.
Lo que sucedió después o es un misterio o es la
prueba definitiva que evidencia que los caballos también tienen mal genio.
Imaginen la magnitud del efecto que causó en el toro principal encontrarse con
estos maravillosos y “trajeados” equinos como para que frenara prácticamente en
seco. De encabezar la manada de forma agresiva a convertirse en un títere que
acabó entrando en la plaza de la Cueva Santa en penúltimo lugar, a cámara
lenta. Como si fuera un cabestro. Al fin y al cabo, dado su aspecto, más de uno
reconoció cierta confusión terminada la carrera.
Precisamente la poca velocidad fue lo que más llamó
la atención del encierrto de ayer. La acción defensiva de los caballistas no
sólo ralentizó al primer astado sino que provocó un efecto expansivo. Ajustada
la herradura que forman los caballos para encerrar a sus enemigos, empezó un
crucero en lugar de un sprint.
Eso sí, no sin sobresaltos. En Segorbe siempre hay
un momento de suspense porque siempre hay una escena de riesgo. Y ésta se
produjo ayer justo en el momento del encuentro de las dos manadas. Habían
puesto tanto empeño los caballistas en frenar al descarado morlaco antes citado
que la comitiva de jinetes, seguramente lastrada por la reducción de componentes,
descuidó el flanco derecho, dejando a tres toros completamente liberados y a
los cientos de aficionados sin protección. En ese momento, hubo tantas
respiraciones entrecortadas como corazones helados. Y al final, las palabras
mágicas: alivio y adrenalina.
Recolocados los caballos en su lugar, dibujaron la
composición idónea para encerrar a los astados y así tener la fiesta en paz. El
hecho de que se mantuviera un ritmo inferior al habitual robó la belleza de la
estampa, sólo empañada por cuatro aficionados que hicieron lo que no debían,
correr delante de los toros, como si estuvieran en Pamplona, con lo bien que se
está estos días en Segorbe.
Fuente:
El Mundo “Castellón al Día”. Javier Arnau






