DURACIÓN: 1 minuto.
CABALLISTAS:
Pedro Fernández Hernández, Julián Montero, Manuel Zarzoso, Luis Aparicio, José
García, Carlos García, Baldomero Chova, Juan Andrés Lázaro, José Luis Lara, Pablo
Fortea, Patxi Guerrero y Miguel Ángel Guillén.
GANADERÍA:
Germán Vidal.
El estallido de la carcasa a los pies del monumento
a la Entrada de Toros y Caballos de Segorbe sólo es el preludio que antecede a
una sinfonía de aromas. Se percibe inmediatamente el olor a la polvora. La
inevitable mirada al cielo para disfrutar de la explosión nos acercara después
la fragancia de este día de calma tras otro de tormentas, de esta jornada que
nos recuerda, nube va nube viene, que el verano está dando sus últimos
coletazos. Con los ojos fijados de nuevo en el horizonte de esta calle Colón,
llegará el perfume elaborado con extracto de fiesta y carcajada, idéntico al
creado a base de charanga y cerveza. Y, olerá a arena de albero. Y a la madera
vieja de algunos garrotes demasiado severos. Y a hierro y a alfombra, a palco
de autoridades. Olerá por fin a toro y caballo. La manada acaba de pasar frente
a nosotros muchísimo más rápido de lo que cuesta componer este primer párrafo.
Hay encierros y encierros. Unos, los más
desafortunados, te obligan a buscar explicaciones. Pero hay otros, como el de
ayer, que te permiten indagar en nuevas sensaciones que contribuyen a que la
felicidad sea completa. La inmaculada y académica imagen de los seis toros y
doce caballos a lo largo de prácticamente todo el recorrido, sumada a esa serie
de percepciones tan personales, hacen de este evento taurino algo prácticamente
indescriptible.
Pueden preguntárselo a cualquiera de los miles de
aficionados que se sitúan a pie de calle, sea su primera vez, la segunda o
lleven acudiendo veinte años. Nadie puede expresar lo que siente, se quedan
mudos los segorbinos cuando se les pregunta se les pregunta. En todo caso,
enlazan palabras desordenadas y elevan el tono sin razón aparente para acabar
diciendo: “Lo mejor es que lo veáis”.
Pero si es espectacular verlo, como será vivirlo.
Cada uno de los 12 o 13 jinetes que cabalgan cada día junto a los seis astados
experimenta, dicen, una liberación de adrenalina incomparable. Y si, además, lo
hacen con una historia a sus espaldas, se produce el éxtasis total. Por eso
tuvo dos nombres propios la Entrada de ayer, la segunda del ciclo de 2018. Para
José Luis Lara y para Pablo Fortea no fue un encierro más.
Un
día especial
El primero volvía formar parte de este espectáculo internacional
doce años después de su última carrera. Dejó Segorbe en 2006. Ya era un
respetado caballista. El destino ha permitido ahora su regreso. El segundo
ejerció de debutante. A sus 22 años, a una edad en la que otros disfrutan
encendiendo petardos dentro de las papeleras, ya nadie le va a poder hablar de
riesgo, concentración y disciplina. Ya nadie se atreverá a quitarle esa sonrisa
de oreja a oreja ni a discutirle que no se puede ser más feliz si lo que te
nueve es la pasión.
Seguramente fute todo lo anterior unido lo que
contribuyó de forma indirecta a dibujar el escenario perfecto, el de un
ordenado encuentro en la plaza de los mesones; el de tres jinetes encabezando
la carrera y evitando con su destreza que los rápidos toros colorados de German
Vidal pudieran escabullirse; el de esos caballistas formando un muro en la
retaguardia, otro a la izquierda y otro a la derecha. Quedaron los astados
encerrados dentro de este corral de crines, sin posibilidad de replicar, como
si hicieron en la caótica carrera del lunes. Solo con el frenazo final que
deben de efectuar los corceles en los últimos metros del recorrido pudieron
gozar los morlacos de algo de libertad, la necesaria para que disfrutaran sin
amargar el almuerzo a nadie, sin provocar que entre tanta fragancia amable apareciera
la pestilencia que caracteriza al miedo.








