viernes, 7 de septiembre de 2018

Olas que agitan el mar


IMÁGENES QUINTA ENTRADA DE TOROS Y CABALLOS DE SEGORBE 





DURACION: 1 minuto.

CABALLISTAS: Alfonso Alandí, José Antonio Fernández, Ramón Ardít Picó, Manuel Antonio Zarzoso, Carlos Guillén, Roberto Fernández Calvo, José Ramón Alandí, Esther Puchol, Juan Andrés Lázaro, Andrés Berbís y Sergio Carot.

GANADERÍA: Germán Vidal.
Ni incluso quien ha visto este espectáculo 50 veces puede explicarse cómo es posible que una manada de una veintena de animales corriendo a toda velocidad quepa entre las miles de personas que abarrotan la calle hasta el punto de no dejar ni un hueco libre. Es muy difícil comprender cómo es posible que ese aficionado que tiene la comitiva apenas a cinco metros aguate hasta la última milésima de segundo para adaptarse.


La calle Colón de Segorbe, a las 13:45 horas, es un mar de gente. Un océano mecido por los nervios o por la alegría que suelen dar los vasos de cerveza. Lo que sucede después, cuando suenan las dos, es otra cosa. Ese lago infinito asiste impresionado al tsunami que supone la Entrada de Toros y Caballos. Es la gran ola. El paso de la imponente manada deja una imagen parecida a la de maremoto, con una diferencia: con un poco de suerte, no habrá ningún herido. El hecho de que no lo haya, no obstante, no significa que el espectáculo esté libre de riesgo. Ayer mismo, en el quinto encierro de la semana, a punto estuvo la fiesta de lamentar una desgracia. Y no en una ocasión, sino en varias.


Es lo que tiene la Entrada. Aparentemente todo fue genial pero hay que fijarse detenidamente en cada metro del recorrido para advertir momentos casi imperceptibles pero que serán difíciles de olvidar para el que los sufre.

Que el cabestro saliera el primero de los corrales fue un espejismo. Su “minuto” de gloria sólo duró tres segundos. El giro de los seis toros hacia la plaza de los mesones, donde tienen que encontrase con los caballos, sirvió para reducir al manso al último lugar. Pareció volverse invisible. La magistral disposición de los corceles y la tremenda cercanía entre sí, contribuyó a un inicio de carrera casi perfecto.


A partir de ahí comenzaron esos momentos de riesgo que casi nunca se mencionan. Tres de los seis toros empujaron tanto a los tres caballos principales que estos tuvieron que mantener una velocidad endiablada durante 250 metros para evitar verse sobrepasados. Por detrás, cuando todo parecía controlado, otro morlaco lanzó un derrote a la derecha que obligó a uno de los caballistas a realizar un quiebro con su montura para no pisotear a un aficionado y, en consecuencia, para no caerse. Desajustada la manada por la propulsión que llevaba el encierro, otro de los animales de Germán Vidal se vio liberado de su vigilante equino por la parte izquierda y voló durante varias decenas de metros junto al público, un público totalmente a merced de esos dos cuernos puntiagudos.


Al final, más desordenada aún la comitiva, un toro quedó enganchado a la parte trasera de un caballo que había quedado incrustado, vaya usted a saber por qué, en medio de la manada mientras acariciaban las barrigas de cinco aficionados apostados en la última esquina del trazado.

Ya hicieron bastante los jinetes con controlar la situación ante unos toros sobreexcitados. Merecieron los aplausos –como siempre, aunque sólo fuera por su valor y pericia – después de haber navegado un mar agitado por esa ola inmisericorde de astas y que, de vez en cuando, como ayer, suma pequeñas réplicas bañadas de peligro. 

Fuente: El Mundo "Castellón al Día". Javier Arnau