IMÁGENES QUINTA ENTRADA DE TOROS Y CABALLOS DE SEGORBE
DURACION: 1 minuto.
CABALLISTAS:
Alfonso Alandí, José Antonio Fernández, Ramón Ardít Picó, Manuel Antonio
Zarzoso, Carlos Guillén, Roberto Fernández Calvo, José Ramón Alandí, Esther Puchol,
Juan Andrés Lázaro, Andrés Berbís y Sergio Carot.
GANADERÍA:
Germán
Vidal.
Ni incluso quien ha visto este espectáculo 50 veces
puede explicarse cómo es posible que una manada de una veintena de animales
corriendo a toda velocidad quepa entre las miles de personas que abarrotan la
calle hasta el punto de no dejar ni un hueco libre. Es muy difícil comprender
cómo es posible que ese aficionado que tiene la comitiva apenas a cinco metros
aguate hasta la última milésima de segundo para adaptarse.
La calle Colón de Segorbe, a las 13:45 horas, es un
mar de gente. Un océano mecido por los nervios o por la alegría que suelen dar
los vasos de cerveza. Lo que sucede después, cuando suenan las dos, es otra
cosa. Ese lago infinito asiste impresionado al tsunami que supone la Entrada de
Toros y Caballos. Es la gran ola. El paso de la imponente manada deja una
imagen parecida a la de maremoto, con una diferencia: con un poco de suerte, no
habrá ningún herido. El hecho de que no lo haya, no obstante, no significa que
el espectáculo esté libre de riesgo. Ayer mismo, en el quinto encierro de la
semana, a punto estuvo la fiesta de lamentar una desgracia. Y no en una
ocasión, sino en varias.
Es lo que tiene la Entrada. Aparentemente todo fue
genial pero hay que fijarse detenidamente en cada metro del recorrido para
advertir momentos casi imperceptibles pero que serán difíciles de olvidar para
el que los sufre.
Que el cabestro saliera el primero de los corrales
fue un espejismo. Su “minuto” de gloria sólo duró tres segundos. El giro de los
seis toros hacia la plaza de los mesones, donde tienen que encontrase con los
caballos, sirvió para reducir al manso al último lugar. Pareció volverse
invisible. La magistral disposición de los corceles y la tremenda cercanía
entre sí, contribuyó a un inicio de carrera casi perfecto.
A partir de ahí comenzaron esos momentos de riesgo
que casi nunca se mencionan. Tres de los seis toros empujaron tanto a los tres
caballos principales que estos tuvieron que mantener una velocidad endiablada
durante 250 metros para evitar verse sobrepasados. Por detrás, cuando todo
parecía controlado, otro morlaco lanzó un derrote a la derecha que obligó a uno
de los caballistas a realizar un quiebro con su montura para no pisotear a un
aficionado y, en consecuencia, para no caerse. Desajustada la manada por la
propulsión que llevaba el encierro, otro de los animales de Germán Vidal se vio
liberado de su vigilante equino por la parte izquierda y voló durante varias
decenas de metros junto al público, un público totalmente a merced de esos dos
cuernos puntiagudos.
Al final, más desordenada aún la comitiva, un toro
quedó enganchado a la parte trasera de un caballo que había quedado incrustado,
vaya usted a saber por qué, en medio de la manada mientras acariciaban las
barrigas de cinco aficionados apostados en la última esquina del trazado.
Ya hicieron bastante los jinetes con controlar la
situación ante unos toros sobreexcitados. Merecieron los aplausos –como
siempre, aunque sólo fuera por su valor y pericia – después de haber navegado
un mar agitado por esa ola inmisericorde de astas y que, de vez en cuando, como
ayer, suma pequeñas réplicas bañadas de peligro.
Fuente: El Mundo "Castellón al Día". Javier Arnau















