IMÁGENES SEXTA ENTRADA DE TOROS Y CABALLOS DE SEGORBE
DURACION: 54 segundos.
CABALLISTAS:
Carlos García, Manuel Antonio Zarzoso, Patxi Guerrero, José Ramón Alandí,
Alfonso Alandí, Juan Andrés Lázaro, José García Salas, Carlos García Rodríguez,
Luis Aparicio, Baldomero Chova, Pedro Fernández, Miguel Ángel Guillén, Pablo
Fortea y José Luis Lara.
GANADERIA: Germán Vidal.
“Nunca daré la espalda
a un toro. Nunca daré la espalda a un toro. Nunca daré la espalda a un toro.
Nunca daré la espalda a un toro. Nunca daré la espalda a un toro…”. No sé si
quedan profesores de colegio que hacen copiar cien veces en la pizarra a sus
alumnos más indisciplinados mantras de buen comportamiento. Pero este hombre
que se dirige cabizbajo y por su propio pie a la ambulancia para recibir
atenciones médicas debería aplicarse este correctivo y, así, aprender que obró
mal.
Sólo él sabe qué
sucedió. Sólo él sabe por qué decidió correr en diagonal por delante de la
manada de seis toros que, buscando el encuentro con los caballos, se aproximaba
a la plaza de los Mesones. Cuando quiso darse cuenta ya era demasiado tarde.
Sólo él sabe cuánto duele hoy su cuerpo tras ser volteado por un coloso de más
de 350 kilos y caer al suelo como un muñeco sin alma.
Afortunadamente, no son
nada habituales las cogidas en la Entrada de Toros y Caballos de Segorbe. Es
probable que de vez en cuando haya algún corcel que se lleve una cornada de un
astado; e incluso podría pasar que un aficionado notara de repente un pisotón metálico,
de pezuña; o de herradura. Pero que un aficionado vuele por los aires embestido
por uno de los seis morlacos que corren el encierro no suele ser una imagen
típica de esta fiesta.
Ayer, más que nunca,
quedó claro que este evento taurino de interés turístico internacional tiene un
componente de peligro que muy pocos advierten. Y ha no porque no haya barreras
en el recorrido que protejan a las más de 10.000 personas que se apelotonan en
la calle Colón para ver pasar una procesión velocísima de toros y caballos,
sino porque la imprevisibilidad de un animal no suele ser tomada nunca en
consideración.
El hombre volteado,
aparentemente, sin demasiadas consecuencias, y que por cierto es de Segorbe y,
para más inri ex caballista, corrió de manera imprudente justo al inicio de la
Entrada, cuando los morlacos trotaban solos, en ese momento en el que cualquier
mosca que revolotee a su alrededor les puede molestar más de lo aconsejable. En
este caso no fue un insecto sino un humano.
Al abrir el portón de
los corrales, uno de los seis morlacos de Germán Vidal salió encendido,
lanzando miradas de advertencia, como diciendo: “O te apartas o te aparto”. Y
tras trazar la curva entre Argén y Mesones hubo alguien que le incordió en
exceso. Se fue directo a él sin dudarlo y le propinó un golpe descomunal. El
lance podría haber derivado en muchos escenarios distintos. Por suerte, acabó
sucediendo lo menos traumático.
Para empezar, el toro,
en lugar de ensañarse con el aficionado imprudente, decidió seguir corriendo
calle abajo a toda velocidad, como si 500 metros después tuviera al fuego una
cazuela de lentejas a punto de quemarse. También podría haberse sembrado el
pánico entre los caballistas ante la bravura de esta manada de astados pero los
jinetes dieron ayer una lección de técnica para controlar a un pelotón a todas
luces indomable. Sólo el propietario del corcel que tenía que cerrar el grupo
tuvo que demorar su salida para no pisar al corredor que había quedado tirado
en el suelo tras la voltereta.
Días como el de ayer
son los que demuestran que los caballistas están hechos de otra pasta. Los de
delante nunca pudieron hacer que sus equinos fueran más veloces que el primer
astado pero supieron acompañarle a un lado para que no hiciera más travesuras.
El resto, tanto en los flancos como en la retaguardia, supieron guardar
distancias para acabar completando a unos toros que corrieron separados en dos
grupos.
No será recordada como
la entrada perfecta pero sí como aquella en la que la pericia acabó derrotando
al miedo.
Fuente: El Mundo "Castellón al Día". Javier Arnau.











